viernes, 30 de diciembre de 2011

Mi internación


Hoy soy un fantasma más, 
un despojo invisible.
Hoy no se lo que soy ni quien soy,
y entonces intento construirme lentamente.

Sola y alejada,
débilmente fuerte
Alegremente triste
Sobriamente ebria…

Y recuerdo el muro que me trajo hasta aquí.
No estaba sola, fuimos muchos.
Y no se cuantos lograran el alta sin salir silenciosamente quebrados.
Hay un antes y un después,
Y entre ellos, una muralla que divide la realidad.

Encerrados, aislados, proscriptos, insanos.
Etiquetados con rubros prefijados, inmovibles:
éramos los suicidas, los drogadictos, los alcohólicos,
los bipolares descompensados.
Todos marcados, todos reclusos vigilados.

No fui yo sola, fue a varios humanos que nos vistieron de extraños
aglutinándonos entre rejas, muchos quedamos atrapados,
marcados para siempre con esa tortura en la memoria,
ya que nadie de allí estaba para ayudarnos,
solo sabían encerrarnos y cobrarnos, para enclaustrarnos y drogarnos,
obligándonos con pastillas a volvernos nadies ajustados a los horarios.

Pero dábamos lucha con voluntad y mate amargo,
Con tereré de coca y café que escondíamos para que no fuera confiscado.
Corríamos los riesgos de evadir las drogas licitas y obligatorias,
cuyo castigo era la denominada contención de atarnos e inyectarnos.

Teníamos una supuesta cura prometida
 pero solo esclavos de las rejas y muros, entre cuartos cerrados,
nos curaban con el miedo, la distancia entre los cuerpos,
y la advertencia certera de dormir atado ante el insomnio o el llanto.

Nos daban una forma increible de olvidar nuestro pasado:
se basaba en no hablar de lo que  habíamos transitado.
Nada de terapia grupal en donde poder descargarnos.
Las palabras que eran tabú  y si las escuchaban sin dudarlo nos aislaron.
Nombrar drogas, suicidio, alcoholismo, tristezas o soledad,
era un secreto que si se sabia, atados nos quedábamos.

Teníamos las órdenes, pero la rebeldía de confiarnos y escondidos ayudarnos.
Y al encontrarnos con otro, nos recordábamos el mundo y que éramos humanos:
nos llamábamos por el nombre que ellos querían robarnos.
Teníamos secretos que aun hoy seguimos guardando.
Y juntos renacían nuestros sueños y también la verdad y el llanto.
Nos calmábamos de la vergüenza, los temblores, los ataques de lacerarnos.
Nos tranquilizábamos con cariño ante la ansiedad y los recuerdos que traíamos, quemándonos entre las manos.
Y así nacía entre todos la esperanza de salir ilesos de la mentira,
de la cárcel y el cautiverio enmascarado.

Podíamos por minutos poseer la ilusión de que entre la muchedumbre
seriamos normalmente tratados,
que no nos diferenciarían,
que al entendernos nos integrarían.

Juntos concebíamos la certeza de que por especiales,
algo mágico nos depararía.

Pero no prospero lo imaginado…
La vida de muchos no soporto a una sociedad exclusiva para alienados.

Muchos salieron sin rumbo,
Otro volvieron al encierro indeseado,
Otros fueron trasladados,
Otros deben seguir fuera, pero legalmente drogados.
Otros cayeron en alguna absurda clínica de día: somos ambulatorios,
somos locos soltados, pero igualmente enfermos de injusticia,
por ser al mismo tiempo, victimas y victimarios.

Muchos flagelándonos a escondidas, deseábamos y deseamos que todo esto,
esta vestimenta de extraños, esta vergüenza y este recuerdo arraigado,
solo sea un sueño mal logrado…

Algunos estamos luchando por alejarnos del pasado,
peleando contra uno mismo, contra la sociedad y el desamparo.
Sabiendo que para siempre hemos sido marcados,
por la mezcla de ese muro que siempre dividirá nuestra existencia,
entre un ayer desperdiciado,
en un hoy aun no quebrado,
Y con un futuro prospero, pero que algunos ya no podemos siquiera vislumbrarlo.  

Otros quizá habran salido de todo esto
Y otros ya no están para contarlo…

Pero sigue llegando gente al cautiverio,
hoy etiquetas, antes humanos,
que como nosotros, perderán la existencia de su individualidad,
sus rostros y sus nombres quedaran entre las drogas olvidados.
Personas con sueños perdidos,
protegidos del suicidio y ante la abstinencia medicados.
Pero sin embargo, al mismo tiempo, sin más vida para contarlo,
porque al abrirles la puerta de salida ya nadie podrá salvarlos…

Como yo, muchos han muerto en vida,
otros son suicidas recuperados,
otros cadáveres enterrados,
otros adictos en abstinencias
otros psicóticos compensados,
pero todos en soledad,
lejos de una humanidad que nos diferencia
solo podemos llorar
o para que otros sepan que aun seguimos vivos,
lograr el cambio, y en el,
tener  la fuerza para contarlo.

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