De repente la observé:
Tiesa, estática,
Con aura de fantasma
contorneada de realidad.
Nos quedamos mirándonos inmutablemente
en ese espacio que se convirtió en un descomunal vacío
para dejarnos solas, confusas y abrumadas....
Su mirada eran rayos penetrándome,
más que rayos, eran electroshock hacia mi memoria,
eran impactos eléctricos.
A su vez, me envolvía en la lástima más inmensa
Aquellas que transmitían el reflejo de sus pupilas en las mías.
Allí el pánico se esfumaba y me daba lugar a descubrir su interior.
Y en el, habitaba una pena letal, que yo conocía en demasia.
En un primer momento no dejaba de embelesar su expresión culposa,
Y en mi interior miles de momentos se superponían
-que ella entendía estar leyendo-,
mas con las miradas enfrentadas me hacia sentir en una lucha perpetua,
la que ella vivía cada día y contra la que yo, del mismo modo combatía.
Pasaron unos instantes hasta que meneó la cabeza
fue una señal rotundamente negativa.
Podía percibirse que estaba llena de odio, hecho de lastima y vergüenza.
Refería a mi ser y por ende a mi verdad y la realidad que marcaba mis días.
Yo lo sabía.
En cada encuentro repetía el mismo desprecio a lo perdido durante mi vida,
a lo que no fui ni seré,
a lo que deseaba ser y no fui, a lo que no pude hacer
a lo que fui, a lo que veía en mi,
a la persona en quién me había convertido...
Me generaba una sensación de humillación. Por eso la evadía.
Al hablar, en un tono angustiado y con gran ironía,
dijo que se sentía perdida, abrumada.
Encerrada y en una cuerda floja. En medio de una encrucijada.
Yo no quería escucharla.
Yo ya lo sabía.
Parecía estar pidiendo ayuda.
Parecía estar realmente furiosa.
Realmente triste.
Realmente sola.
Para cuando se apoderaron los gritos del escenario,
luego de tanto desconcierto,
preguntó porqué había permitido aquel encuentro nuevamente.
No podía responderle.
Yo no lo sabía.
Y entre medio de golpazos, lágrimas, rabia y compasión,
Entendió que yo seguía sin respuestas,
y que sus dudas eran las interpelaciones que yo me hacia a mi misma.
Yo,
solo podía decirle que estaba sola como creía,
pero que ambas seguiríamos más que unidas,
que coexistíamos en una misma realidad.
Me miró sin comprender demasiado.
Yo estaba desgarrada y como ella también enfurecida.
Y entre la confusión y el silencio
Quería que se fuera.
Pero seguía gritando y no lo hacia.
Enloquecí de impotencia...
Necesitaba silencio, soledad,
olvidar sus sentimientos, sus verdades y sus hasta su aspecto.
Y en el medio de sensaciones tan complejas
Junte todo mi odio y contra el estallido del vidrio roto
la deje caer en el suelo.
Sin embargo, aún resquebrajado su aspecto,
en cada pequeño trozo de su mirada,
ella seguía estando viéndome generando así un mayor descrédito.
Seguía allí.
Yo sabía que jamás se marcharía.
Hiciera lo que hiciera, habría otro encuentro:
Ella era mi reflejo,
Y la seguiría distinguiendo,
cada vez que reparara,
cada vez que me encontrara,
aunque no quisiera,
enfrentada a algún espejo.
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